martes, 1 de septiembre de 2009

Septiembre

Con quince años estuve una vez en el monte, disparando a botellas de cerveza con la pistola que un amigo había robado a su padre policía. De repente apareció de entre los árboles un perro enrabietado, supongo que también asustado por el ruido que hacíamos, que se dirigió directo a mí y me mordió en la pierna. Fue uno de esos instantes en los que el tiempo parece detenerse; yo observaba al perro enganchado a mi carne y una mancha de sangre que poco a poco crecía en el pantalón. Muchas cosas se me pasaron por la cabeza entonces, pero al final acabé disparando en la nuca al perro, que por fin me soltó y cayó fulminado. Entonces sentí de golpe todo el dolor del mordisco y también me dejé caer. Sentado sobre la tierra, con el perro agonizante entre las piernas, con la sangre de mi herida mezclándose con la sangre de su herida, creo que nunca he sentido tanta conexión con algo, nunca me he sentido tan cerca de otro ser vivo (curiosamente aquel ser vivo que estaba dejando de serlo), ni en tanta armonía con el mundo.

1 comentario:

Quique Baeza dijo...

Joder, que te muerda un perro de esa manera tiene que ser horrible, pero también sentir que matas a un ser vivo...