jueves 12 de noviembre de 2009

...







.

viernes 16 de octubre de 2009

Roberto Jiménez Yei

Roberto Jiménez Yei nació en Cádiz, pero en 1968, con diecisiete años, se fugó a Estados Unidos única y exclusivamente para conocer a Bob Dylan. Su mayor problema fue que en la España de la época había más bien poca información sobre Dylan, y por eso cogió un avión a Los Ángeles, previa escala en Londres, cuando Bob Dylan, esto lo sabían bien los lectores de Rolling Stone pero no los de Discóbolo, vivía retirado en Woodstock, estado de Nueva York. Aún así, una vez en Los Ángeles tardó en darse cuenta de su error. Su estrategia inicial fue pegarse a todo aquel que veía con una guitarra, comunicarse con él en un inglés rudimentario y enseñarle un par de canciones españolas que solían gustar más por exotismo que por otra cosa. Así logró sobrevivir bastante tiempo, haciéndose amigo de los miles de aspirantes a músico que ocupaban la ciudad en aquella época, comiendo y durmiendo en comunas hippies, mejorando su inglés y sus conocimientos musicales. Cuando creía que había alcanzado el suficiente nivel de idioma empezó a preguntar a la gente por Dylan. Curiosamente fue un taxista mexicano llamado David Hidalgo el primero que le informó acerca del paradero de su ídolo. “Pero no desanimes”, añadió, “aquí tienes un músico mejor que Dylan, el verdadero gurú de la música moderna, Brian Wilson.”

Por no desanimar, fue a ver a Brian Wilson a una suntuosa mansión en Bel Air. Él mismo le contestó al interfono y le abrió la puerta. Lo recibió en la cocina, comiendo una enorme hamburguesa. No tardó en darse cuenta de que estaba drogado o ido.

“Qué quieres, Phil”, le dijo sin mirarle a la cara.
“No soy Phil, soy Roberto, vengo de España para verte”, mintió.
“Te manda Phil para robarme mis canciones, pero yo ya no tengo canciones, se me ha derretido el cerebro. Phil lo sabe porque él me ha derretido el cerebro.”
“¿Cómo? En serio, tío, mi nombre es Roberto. Si tienes una guitarra a mano te enseñaré un par de canciones españolas.”
“Magnífico. Estoy realmente interesado en las canciones españolas”, dijo Brian rebuscando algo en un cajón de la cocina. De repente alzó la cabeza sonriendo y Yei descubrió que lo que buscaba era un revólver que ahora brillaba en su mano. Antes de oír el sonido del disparo la bala ya había silbado en su oído. Huyó de allí atropelladamente, tropezándose con los muebles y cayendo al suelo varias veces. En el recibidor se dio cuenta de que Brian Wilson no le perseguía, había dejado el revolver en la encimera y continuaba comiendo la hamburguesa con cara de satisfacción. Entonces dejó de correr, se echó las manos a los bolsillos y abandonó la mansión tranquilamente.

Volvió a la comuna en la que había vivido las últimas semanas y dijo a todos que se marchaba a Nueva York, a hablar con Bob Dylan. Dos muchachas jóvenes que habían llegado a Los Ángeles antes que él se ofrecieron a acompañarle, con la única condición de hacer una parada en Chicago. Resultó que una de las chicas tenía coche y al día siguiente ya estaban en San Francisco, pernoctando en una casa del Castro donde vivían más de quince personas. Contó a todos el destino que les llevaba a Nueva York y se les unió un hombre de unos treinta años que decía ser cantante folk. Él también tenía unas cuantas cosas que hablar con Bob, les dijo. Al día siguiente atravesaron Utah sin hablar con nadie, durmieron en el coche y siguieron camino hacia Colorado. En Denver conocieron a un grupo de jóvenes canadienses que preguntaron a Roberto por qué ese interés por conocer a Bob Dylan, a lo que Roberto contestó: “porque me aterran los parquímetros”, y entonces uno de los jóvenes canadienses dijo que se unía a la peregrinación. En Wyoming tuvieron que abandonar el coche: Roberto contaba a todo el mundo el propósito de su viaje y todo el mundo parecía tener cosas que decirle a Dylan. Tras varios días de fiesta en casa de unos universitarios en Cheyenne se dieron cuenta de que el grupo superaba la docena, a lo que Roberto respondió sin problemas: “Iremos en tren de mercancías, como en las viejas canciones de Woody Guthrie”. Pero pronto se dieron cuenta de que esconder a quince personas en un vagón de mercancías no era nada fácil, así que sin desfallecer decidieron ir andando, esta vez sí, como una auténtica peregrinación. Desde ese momento la marcha se ralentizó considerablemente, pero el crecimiento del grupo siguió con su ritmo diario habitual: tras atravesar Iowa a pie ya superaban las treinta personas. En Chicago descubrieron con sorpresa que había gente esperándoles, gente que quería unirse al grupo y que necesitaba hablar con Roberto, como si él y no Dylan fuera el gran líder espiritual, o quizá como si él fuera el representante de Dylan en aquella tierra. Roberto se demoró varios días en Chicago, disfrutando probablemente de la notoriedad que había adquirido. Cuando partieron la siguiente parada importante fue al fin Woodstock.

Después de perderse varias veces en el bosque divisaron la casa que, se suponía, era la de Dylan. La contemplaron respetuosos unos instantes y Yei decidió que para no asustar al ídolo solamente uno de ellos debía acercarse. Él, por supuesto. Llamó a la puerta hasta que se cansó de esperar a que nadie abriera. Probó suerte y resultó que la cerradura no estaba echada. El interior de la casa estaba vacío, aunque la ausencia de polvo le hizo pensar que alguien había vivido allí hasta hacía muy poco. En la cocina encontró un revolver en la encimera, lo que le hizo acordarse de Brian Wilson. Después se dirigió a lo que supuso que sería el dormitorio principal y encontró dos cosas: un periódico local de Woodstock, que anunciaba la llegada de una marea de beatnicks capitaneados por un español para nombrar a Bob Dylan emperador de la revolución de la juventud, o algo así, y un melón sobre la cama, abierto y con una traducción inglesa de Don Quijote incrustada en su interior. El periódico le decía que Dylan sabía de su llegada, probablemente por eso había abandonado la casa. El melón asimismo le pareció inequívocamente una señal para él, por eso el ejemplar de Don Quijote, relacionado probablemente en la mente de Dylan con el pintoresco dato de un español dirigiendo a la masa. Contempló la habitación durante unos segundos y después decidió abandonar la casa por la puerta de atrás, para no dar ninguna explicación a los fieles que aún aguardaban frente al porche una señal suya.

A las pocas semanas de aquello, Yei consiguió trabajo en un club del Greenwich Village, en Nueva York, tocando las mismas canciones españolas que había enseñado a todo aquel que quisiese escucharlas a través de América. Al principió pensó que estaba siguiendo los pasos de Dylan, pero en realidad a partir de ese momento su vida tomó un camino muy diferente: a los meses de estar allí un empresario de Las Vegas le propuso trasladar su espectáculo a su casino y Yei aceptó sin dudarlo. Tras varios años tocando allí acabó casándose con la heredera del empresario, lo que le libró de cualquier preocupación económica. Actualmente es un rico propietario de varios casinos.

Por mi ventana veo pasar unas aves negras que no sé reconocer.

lunes 21 de septiembre de 2009

Retorno al pasado



En el año 2002 escribí una novelita de cien páginas que aún no he destruido pero me da vergüenza recordar, se llamaba Retorno al pasado y pretendía ser una novela existencial con reminiscencias del género policíaco. En ella el protagonista, un profesor de instituto insatisfecho con su vida, investigaba el suicidio de su mejor amigo sucedido muchos años atrás, en la adolescencia. Creía tener motivos para sospechar que esa muerte no fue un suicidio, que su amigo podía estar metido en algunos embrollos con gente peligrosa y que, por lo tanto, podría tratarse de un asesinato. Estas pesquisas le llevaban a recordar episodios de su adolescencia y a entrevistarse con gente de su pasado. La obsesión de mi protagonista con aquella muerte debía interpretarse, pensaba yo, como la obsesión con el punto exacto en que acabó su juventud, con el día en que murieron aquellos adolescentes y nacieron estos adultos amargados. Otros personajes del libro, como la esposa del profesor, pensaban que todo se debía al aburrimiento, que mi protagonista quería ver fantasmas donde no los había para intentar crear un hecho reseñable que sacase su vida de la mediocridad. Al final parecía que el profesor iba a descubrir algo, que se estaba acercando a algún tipo de verdad, pero descubrir esa verdad podía resultar peligroso, había gente interesada en que todo permaneciese oculto. Entonces decidía retirarse, obligarse a sí mismo a creer que sus sospechas no eran más que imaginaciones y volver a su confortable vida de mediocridad y aburrimiento.

Por suerte no llegué a mandar la novela a ninguna editorial ni se la di a leer a demasiada gente. No necesito decir que es una novela mala, muy mala. Peor que eso, es una novela poco original; basta con echar un vistazo a la sección de novedades de cualquier librería para contabilizar cuántas novelas actuales tienen “reminiscencias del género policíaco.” Y basta ojear los argumentos de esas novelas para contabilizar, rayando en la vergüenza ajena, cuántas están protagonizadas por profesores de literatura, críticos literarios o escritores mismos. La gente que ha hecho de la literatura su profesión está empeñada en convertirse a sí misma en héroes de esa literatura, en legitimar su forma de vida hasta el punto de querer hacerla el centro de cualquier representación del mundo.

En ese 2002 yo aún estudiaba segundo de Filología Hispánica y guardaba grandes esperanzas en mi porvenir como escritor. Había publicado poemas en revistas del ámbito universitario y ganado algún concurso patrocinado por ayuntamientos de provincias. Mi salto a la prosa estuvo motivado, para qué ocultarlo, por la escasa repercusión de estos pequeños éxitos y la nula retribución económica. Me había pasado toda mi vida pensando en mí como escritor y, ahora que parecía empezar a serlo, aquello no se parecía en nada a lo que había imaginado. Espero que no se me juzgue muy severamente por esta motivación tan poco literaria (juzguen en cualquier caso a mi yo de veinte años, como ahora yo mismo hago desde esta extraña perspectiva que da el tiempo). Estudiaba segundo de Filología, digo, y estaba sin saberlo, al menos conscientemente, escribiendo una pequeña profecía con mi historia de un profesor amargado. Porque debo decir que actualmente soy un profesor relativamente amargado, aunque entonces yo quería ser escritor y sentía mi destino de escritor con todos los huesos de mi cuerpo. Para los estudiantes de Filología que se sienten a sí mismos como escritores con todos los huesos de su cuerpo siempre existe el fantasma, allí al final de los años de exámenes y correrías, de las oposiciones a secundaria. Todos se matriculan en la carrera sabiendo que el final más lógico de sus estudios es acabar dando clases, ya sea en institutos, ya en la universidad, pero todos creen que ellos podrán escaparse de ese destino gracias a su genio de escritores. En ese momento fue una suerte no creer en interpretaciones psicoanalíticas de la literatura, porque si no habría tenido que enfrentarme con una sospecha que afloraba en aquello que estaba escribiendo: que mi calidad como escritor no era suficiente para salvarme, que, pese a mis poemas y mis premios de provincia, estaba condenado a acabar ganándome la vida en un instituto, que mi obra era una obra mediocre. Se me ocurre de esta forma que yo estaba escribiendo lo que iba a ser mi vida antes de vivirla, que estaba prefigurando cómo mis mayores temores iban, uno tras otro, a acabar convirtiéndose en realidad. Creo que nadie en la historia de la literatura ha hecho algo así, de modo que, si he de reservarme alguna gloria por mi corta obra, ésta puede ser la de iniciar un nuevo tipo de autobiografía, la biografía profética o futura.

jueves 10 de septiembre de 2009

Noches de cocaína

Reconozco que, como tanta gente, me he apuntado tarde al carro de J. G. Ballard. No después de su muerte, que ya comenté aquí, sino un poco antes, a raíz de esta bonita exposición en el Macba, que hizo que, sin haber leído una sola línea suya, acabara declarándome fan incondicional.

La semana pasada terminé de leer Noches de cocaína, el primer libro de una trilogía ambientada en las costas europeas en los últimos años del siglo XX. El escritor de guías de viajes Charles Prentice llega a la Costa del Sol para intentar ayudar a su hermano, director del club náutico de Estrella de Mar, una urbanización residencial para ingleses que vegetan perpetuamente amodorrados por el sol y la sangría, que ha sido acusado de un cuádruple asesinato tras el extraño incendio de una mansión del residencial. Pronto Charles descubre que ni siquiera la policía española cree que su hermano sea el autor del incendio, pero éste insiste en declararse culpable. Investigando sobre la naturaleza del crimen y sobre qué motivos han podido llevar a su hermano a tal confesión, acabará descubriendo en realidad el mundo oculto de Estrella de Mar, un mundo con una extraña moral infectada de crímenes, cocaína y sexo violento.

Al principio el libro no parece un libro de Ballard: primero porque sucede en el presente y no en un futuro distópico, y segundo porque en sus primeros compases el argumento remite más a una novela negra tipo Raymond Chandler que a la ciencia ficción esperable… Llegado un determinado momento, sin embargo, un mundo sumergido estalla en nuestras caras y acabamos preguntándonos si lo que la novela está contando, aunque suceda en 1999, no es en realidad el futuro, nuestro irremediable futuro, o si acaso es ya nuestro presente, igual que todos los monstruosos futuros narrados por Ballard son disecciones de nuestro presente. Justo cuando eso sucede olvidamos también que la novela había arrancado con las pesquisas de un asesinato para quedar fascinados en la exhibición de un mundo enfermo.

Esa fascinación por lo oscuro es clave en la obra de Ballard: la sociedad que nos describe es una sociedad enferma, pero no podemos quitar los ojos de ella. Podemos interpretar Noches de cocaína, como Bienvenidos a Metrocentre y otras cuantas, como una crítica a la sociedad de consumo actual, que se va ahogando en una moral cada vez más hedonista, y podemos también ver en su argumento una tesis que aboga por la necesidad que la sociedad tiene del crimen para estar despierta, de corromperse para explotar todas sus posibilidades. Lo realmente importante y ballardiano es que el autor en ningún momento es capaz de decantarse por ninguna de estas dos posturas, sino que se mueve entre la fascinación morbosa y el escándalo moralista, Al final el narrador de la obra se va confundiendo cada vez más con la perversión del entorno, hasta dilucidar que quizá ese es el camino adecuado.

jueves 3 de septiembre de 2009

Parking

Esta exposición encuentra su origen en un accidente de tráfico que el artista tuvo en 2009: “Mi coche quedó siniestro total y, como no tenía seguro, me vi obligado a vivir sin vehiculo durante casi un año. Me movía por la ciudad caminando y usando el transporte público. A veces, veía en la calle aparcamientos libres y me acordaba de lo difícil que es aparcar aquí, por lo que lamentaba no tener mi coche para hacer uso de ese privilegiado descubrimiento. Entonces empecé a fotografiar esos aparcamientos vacíos. Caminaba siempre con la cámara encima y cada vez que descubría un hueco donde habría cabido mi coche lo fotografiaba como forma de llevarlo conmigo. En cierto modo estas fotografías son pruebas de que yo encontré aparcamiento, aunque no me hiciese falta porque no tenía coche.”

Más que eso, nos parece que al fotografiar esos aparcamientos vacíos el artista está radiografiando la obsesión del hombre moderno por ocupar un lugar, por estar en algún sitio. La ciudad abarrotada es el símbolo de la masa social, por lo que aparcar en ella supone encajar en esa masa. La multitud es como un líquido que tiende a ocupar la mayor superficie posible. Estos espacios aún no ocupados, eternizados gracias a la fotografía, son entonces la resistencia, la conservación de algo original y previo a la masa. La única individualidad posible es el vacío.

martes 1 de septiembre de 2009

Septiembre

Con quince años estuve una vez en el monte, disparando a botellas de cerveza con la pistola que un amigo había robado a su padre policía. De repente apareció de entre los árboles un perro enrabietado, supongo que también asustado por el ruido que hacíamos, que se dirigió directo a mí y me mordió en la pierna. Fue uno de esos instantes en los que el tiempo parece detenerse; yo observaba al perro enganchado a mi carne y una mancha de sangre que poco a poco crecía en el pantalón. Muchas cosas se me pasaron por la cabeza entonces, pero al final acabé disparando en la nuca al perro, que por fin me soltó y cayó fulminado. Entonces sentí de golpe todo el dolor del mordisco y también me dejé caer. Sentado sobre la tierra, con el perro agonizante entre las piernas, con la sangre de mi herida mezclándose con la sangre de su herida, creo que nunca he sentido tanta conexión con algo, nunca me he sentido tan cerca de otro ser vivo (curiosamente aquel ser vivo que estaba dejando de serlo), ni en tanta armonía con el mundo.

viernes 7 de agosto de 2009

Hola

¡Hola Regino! Este blog sigue de vacaciones, pero ya no tendrás que leer más el título de la última entrada.