viernes, 16 de octubre de 2009

Roberto Jiménez Yei

Roberto Jiménez Yei nació en Cádiz, pero en 1968, con diecisiete años, se fugó a Estados Unidos única y exclusivamente para conocer a Bob Dylan. Su mayor problema fue que en la España de la época había más bien poca información sobre Dylan, y por eso cogió un avión a Los Ángeles, previa escala en Londres, cuando Bob Dylan, esto lo sabían bien los lectores de Rolling Stone pero no los de Discóbolo, vivía retirado en Woodstock, estado de Nueva York. Aún así, una vez en Los Ángeles tardó en darse cuenta de su error. Su estrategia inicial fue pegarse a todo aquel que veía con una guitarra, comunicarse con él en un inglés rudimentario y enseñarle un par de canciones españolas que solían gustar más por exotismo que por otra cosa. Así logró sobrevivir bastante tiempo, haciéndose amigo de los miles de aspirantes a músico que ocupaban la ciudad en aquella época, comiendo y durmiendo en comunas hippies, mejorando su inglés y sus conocimientos musicales. Cuando creía que había alcanzado el suficiente nivel de idioma empezó a preguntar a la gente por Dylan. Curiosamente fue un taxista mexicano llamado David Hidalgo el primero que le informó acerca del paradero de su ídolo. “Pero no desanimes”, añadió, “aquí tienes un músico mejor que Dylan, el verdadero gurú de la música moderna, Brian Wilson.”

Por no desanimar, fue a ver a Brian Wilson a una suntuosa mansión en Bel Air. Él mismo le contestó al interfono y le abrió la puerta. Lo recibió en la cocina, comiendo una enorme hamburguesa. No tardó en darse cuenta de que estaba drogado o ido.

“Qué quieres, Phil”, le dijo sin mirarle a la cara.
“No soy Phil, soy Roberto, vengo de España para verte”, mintió.
“Te manda Phil para robarme mis canciones, pero yo ya no tengo canciones, se me ha derretido el cerebro. Phil lo sabe porque él me ha derretido el cerebro.”
“¿Cómo? En serio, tío, mi nombre es Roberto. Si tienes una guitarra a mano te enseñaré un par de canciones españolas.”
“Magnífico. Estoy realmente interesado en las canciones españolas”, dijo Brian rebuscando algo en un cajón de la cocina. De repente alzó la cabeza sonriendo y Yei descubrió que lo que buscaba era un revólver que ahora brillaba en su mano. Antes de oír el sonido del disparo la bala ya había silbado en su oído. Huyó de allí atropelladamente, tropezándose con los muebles y cayendo al suelo varias veces. En el recibidor se dio cuenta de que Brian Wilson no le perseguía, había dejado el revolver en la encimera y continuaba comiendo la hamburguesa con cara de satisfacción. Entonces dejó de correr, se echó las manos a los bolsillos y abandonó la mansión tranquilamente.

Volvió a la comuna en la que había vivido las últimas semanas y dijo a todos que se marchaba a Nueva York, a hablar con Bob Dylan. Dos muchachas jóvenes que habían llegado a Los Ángeles antes que él se ofrecieron a acompañarle, con la única condición de hacer una parada en Chicago. Resultó que una de las chicas tenía coche y al día siguiente ya estaban en San Francisco, pernoctando en una casa del Castro donde vivían más de quince personas. Contó a todos el destino que les llevaba a Nueva York y se les unió un hombre de unos treinta años que decía ser cantante folk. Él también tenía unas cuantas cosas que hablar con Bob, les dijo. Al día siguiente atravesaron Utah sin hablar con nadie, durmieron en el coche y siguieron camino hacia Colorado. En Denver conocieron a un grupo de jóvenes canadienses que preguntaron a Roberto por qué ese interés por conocer a Bob Dylan, a lo que Roberto contestó: “porque me aterran los parquímetros”, y entonces uno de los jóvenes canadienses dijo que se unía a la peregrinación. En Wyoming tuvieron que abandonar el coche: Roberto contaba a todo el mundo el propósito de su viaje y todo el mundo parecía tener cosas que decirle a Dylan. Tras varios días de fiesta en casa de unos universitarios en Cheyenne se dieron cuenta de que el grupo superaba la docena, a lo que Roberto respondió sin problemas: “Iremos en tren de mercancías, como en las viejas canciones de Woody Guthrie”. Pero pronto se dieron cuenta de que esconder a quince personas en un vagón de mercancías no era nada fácil, así que sin desfallecer decidieron ir andando, esta vez sí, como una auténtica peregrinación. Desde ese momento la marcha se ralentizó considerablemente, pero el crecimiento del grupo siguió con su ritmo diario habitual: tras atravesar Iowa a pie ya superaban las treinta personas. En Chicago descubrieron con sorpresa que había gente esperándoles, gente que quería unirse al grupo y que necesitaba hablar con Roberto, como si él y no Dylan fuera el gran líder espiritual, o quizá como si él fuera el representante de Dylan en aquella tierra. Roberto se demoró varios días en Chicago, disfrutando probablemente de la notoriedad que había adquirido. Cuando partieron la siguiente parada importante fue al fin Woodstock.

Después de perderse varias veces en el bosque divisaron la casa que, se suponía, era la de Dylan. La contemplaron respetuosos unos instantes y Yei decidió que para no asustar al ídolo solamente uno de ellos debía acercarse. Él, por supuesto. Llamó a la puerta hasta que se cansó de esperar a que nadie abriera. Probó suerte y resultó que la cerradura no estaba echada. El interior de la casa estaba vacío, aunque la ausencia de polvo le hizo pensar que alguien había vivido allí hasta hacía muy poco. En la cocina encontró un revolver en la encimera, lo que le hizo acordarse de Brian Wilson. Después se dirigió a lo que supuso que sería el dormitorio principal y encontró dos cosas: un periódico local de Woodstock, que anunciaba la llegada de una marea de beatnicks capitaneados por un español para nombrar a Bob Dylan emperador de la revolución de la juventud, o algo así, y un melón sobre la cama, abierto y con una traducción inglesa de Don Quijote incrustada en su interior. El periódico le decía que Dylan sabía de su llegada, probablemente por eso había abandonado la casa. El melón asimismo le pareció inequívocamente una señal para él, por eso el ejemplar de Don Quijote, relacionado probablemente en la mente de Dylan con el pintoresco dato de un español dirigiendo a la masa. Contempló la habitación durante unos segundos y después decidió abandonar la casa por la puerta de atrás, para no dar ninguna explicación a los fieles que aún aguardaban frente al porche una señal suya.

A las pocas semanas de aquello, Yei consiguió trabajo en un club del Greenwich Village, en Nueva York, tocando las mismas canciones españolas que había enseñado a todo aquel que quisiese escucharlas a través de América. Al principió pensó que estaba siguiendo los pasos de Dylan, pero en realidad a partir de ese momento su vida tomó un camino muy diferente: a los meses de estar allí un empresario de Las Vegas le propuso trasladar su espectáculo a su casino y Yei aceptó sin dudarlo. Tras varios años tocando allí acabó casándose con la heredera del empresario, lo que le libró de cualquier preocupación económica. Actualmente es un rico propietario de varios casinos.

Por mi ventana veo pasar unas aves negras que no sé reconocer.

2 comentarios:

Quique Baeza dijo...

Glorioso lo de las aves negras.

Irene dijo...

Muy bueno! Roberto (mi primo) me ha recordado a Dorothy en busca del mago. Lástima que abandonara definitivamente el Greenwich por Las Vegas, allí habría tenido más posibilidades de cruzarse con Bob.