jueves, 3 de septiembre de 2009

Parking

Esta exposición encuentra su origen en un accidente de tráfico que el artista tuvo en 2009: “Mi coche quedó siniestro total y, como no tenía seguro, me vi obligado a vivir sin vehiculo durante casi un año. Me movía por la ciudad caminando y usando el transporte público. A veces, veía en la calle aparcamientos libres y me acordaba de lo difícil que es aparcar aquí, por lo que lamentaba no tener mi coche para hacer uso de ese privilegiado descubrimiento. Entonces empecé a fotografiar esos aparcamientos vacíos. Caminaba siempre con la cámara encima y cada vez que descubría un hueco donde habría cabido mi coche lo fotografiaba como forma de llevarlo conmigo. En cierto modo estas fotografías son pruebas de que yo encontré aparcamiento, aunque no me hiciese falta porque no tenía coche.”

Más que eso, nos parece que al fotografiar esos aparcamientos vacíos el artista está radiografiando la obsesión del hombre moderno por ocupar un lugar, por estar en algún sitio. La ciudad abarrotada es el símbolo de la masa social, por lo que aparcar en ella supone encajar en esa masa. La multitud es como un líquido que tiende a ocupar la mayor superficie posible. Estos espacios aún no ocupados, eternizados gracias a la fotografía, son entonces la resistencia, la conservación de algo original y previo a la masa. La única individualidad posible es el vacío.

martes, 1 de septiembre de 2009

Septiembre

Con quince años estuve una vez en el monte, disparando a botellas de cerveza con la pistola que un amigo había robado a su padre policía. De repente apareció de entre los árboles un perro enrabietado, supongo que también asustado por el ruido que hacíamos, que se dirigió directo a mí y me mordió en la pierna. Fue uno de esos instantes en los que el tiempo parece detenerse; yo observaba al perro enganchado a mi carne y una mancha de sangre que poco a poco crecía en el pantalón. Muchas cosas se me pasaron por la cabeza entonces, pero al final acabé disparando en la nuca al perro, que por fin me soltó y cayó fulminado. Entonces sentí de golpe todo el dolor del mordisco y también me dejé caer. Sentado sobre la tierra, con el perro agonizante entre las piernas, con la sangre de mi herida mezclándose con la sangre de su herida, creo que nunca he sentido tanta conexión con algo, nunca me he sentido tan cerca de otro ser vivo (curiosamente aquel ser vivo que estaba dejando de serlo), ni en tanta armonía con el mundo.

martes, 5 de mayo de 2009

Los niños son idiotas (Apunte de literatura juvenil)


Últimamente me ha dado por pensar en el tema de la literatura juvenil. Al instituto nos llegan a veces libros de este supuesto género, susceptibles, según las altruistas editoriales que los envían, de ser lecturas para clase. Y la verdad es que nunca me gusta ninguno. Obviamente no tengo la clave para escribir este tipo de literatura, si la tuviera ya me habría hecho rico, pero creo detectar una serie de pautas que me molestan en ellos. Básicamente, divido la “mala” literatura juvenil en dos tipos de autores: los que creen que los adolescentes y los niños son tontos, y por lo tanto escriben como si se dirigiesen a tontos, y los que creen que los niños y adolescentes son de otro planeta, y por lo tanto escriben como si se dirigiesen a seres de otro planeta.

Los segundos, los de los niños son marcianos, pecan de creer que a los jóvenes no les interesa nada del mundo de los adultos, y por lo tanto escriben cosas ajenas a este mundo. Esto les lleva a creer que hay temas específicos de la literatura juvenil, temas que posiblemente sólo interesen a los niños, lo cual provoca primero que hasta sus potenciales lectores los consideren infantiles, porque si algo he comprobado en este tiempo es que los niños no quieren leer cosas que parezcan literatura de niños, y segundo que a ojos de una persona adulta estos libros acaben dando un poco de vergüenza ajena. Pero ¿realmente existen temas exclusivos de la literatura juvenil? Rotundamente no. Hay temas de la literatura de siempre que suelen interesar más en la adolescencia, véase el compañerismo y su reverso la soledad, la libertad, la rebeldía… Temas que igual aparecen en Rebeldes, novela que me encanta por cierto (y no he visto la peli), que en El Quijote. Esto viene a decir que la buena literatura juvenil es buena literatura y punto. Rimbaud es un poeta adolescente, pero quien no disfrute leyéndolo con cincuenta años es un necio.

Los primeros, por su parte, suelen tratar los temas eternos de la literatura, véase amor, muerte, etc, desde una perspectiva simplona que raya el moralismo barato. El problema no es que sean edulcorados, que muchas veces lo son, y pasen de puntillas y con mojigatería por temas espinosos como la sexualidad o la muerte (en ningún libro juvenil en español he leído, por ejemplo, la palabra follar, como si a los jóvenes se les fuesen a caer los ojos por leerla o fuesen a pensar más en follar de lo que ya pensaban antes o, qué sé yo, fuesen a convertirse en terribles psicópatas. Sí la he leído en El guardián entre el centeno, libro que supongo se pueden considerar literatura juvenil, o al menos que entra en lo que a mí me gustaría que fuese la literatura juvenil). El problema es que estos libros creen en la obligatoriedad de ofrecer respuestas continuamente, como si estuviese permitido escribir sobre la muerte para jóvenes, pero hubiera que ofrecerles una respuesta frente a este tema, una tesis: “La muerte es parte de la vida, hemos de aceptarla,” como si acaso los adultos fuésemos capaces de aceptar la muerte, como si acaso los adultos tuviéramos alguna respuesta real frente a cualquier cosa. Sospecho que lo que estos autores creen es que a los niños hay que educarlos continuamente, que la única función de la literatura juvenil es la de formar personas mayores, y por tanto, se les debe adoctrinar en base a ciertos valores, debemos ayudarles a ser personas sanas, sin traumas ni tristezas, cuando precisamente, y perdonadme el romanticismo, yo creo que la literatura son los traumas y las tristezas. La literatura no es pedagogía, no tiene respuestas para nada, sólo preguntas y más preguntas. Por eso la literatura juvenil que me gusta(ría) es radicalmente antisocial, una literatura que hable antes de terroristas que de ciudadanos, subversiva, en definitiva, contra un mundo construido por los adultos y al que, por naturaleza, todo adolescente se enfrenta.

lunes, 20 de abril de 2009

J.G. Ballard

Ahora que ha muerto JG Ballard todos los blogs del mundo van a colgar este credo personal suyo a modo de homenaje. Me da igual, no tengo intención de ser original, me parece hermoso y no está el horno para escribir otros bollos.


Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.

Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.

No creo en nada.

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.

Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes pudendas dejan en los baños de moteles miserables.

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.

Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.

Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.

Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.

Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.

Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.

Creo en los próximos cinco minutos.

Creo en la historia de mis pies.

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.

Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.

Creo en la muerte de las emociones y el triunfo de la imaginación.

Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.

Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.

Creo en el dolor.

Creo en la desesperanza.

Creo en todos los niños.

Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.

Creo en todas las excusas.

Creo en todas las razones.

Creo en todas las alucinaciones.

Creo en toda la rabia.

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.

Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Homenaje



No cito palabras exactas, pero viene a ser más o menos así:

En una de sus habituales diatribas contra las clases a las ocho de la mañana, Pepe Perona dijo una vez que la filología era una ciencia de leer bajo el flexo, hecha de noche, soledad y silencio, de café y humo de tabaco.

Esa fue la primera vez que sentí que quizá sí tenía vocación de filólogo, que no había llegado a aquellas aulas dando tumbos desorietado, que quizá aquél era mi sitio.

También yo prefiero la noche, prefiero el silencio.


sábado, 7 de marzo de 2009

Por mudanza y otros tipos de infiernos inmobiliarios no me he puesto a escribir desde hace tres semanas. En cuanto las cosas se asienten, este blog debería retomar su ritmo habitual.

En cualquier caso, he pensado en utilizar el parón para comenzar de forma distinta, intentar darle un rumbo nuevo a esto.

Hacia dónde no lo sé, pero un rumbo nuevo.

martes, 10 de febrero de 2009

Original


El otro día estaba viendo fotos de Tassili n’Ajjer y se me ocurrió un relato ambientado en el Sahara que no creo que cuelgue aquí porque es descaradamente borgiano. Se trata de un libre plagio de un cuento de Las mil y una noches, y creo que es por eso que ha acabado resultando descaradamente borgiano.

Curiosidad número uno: me molesta copiar a Borges pero no copiar Las mil y una noches (quizá el mundo no necesita más imitadores de Borges y sí más relatos de aventuras).

Curiosidad número dos: cualquier cosa de Las mil y una noches me recuerda a Borges. Leo Las mil y una noches como si fuesen obra de Borges, no puedo evitarlo.

Esto, claro, se relaciona con aquel ensayo de Borges sobre los precursores, sobre cómo cada escritor elige a sus predecesores e incluso les influye, influye en la lectura que nosotros haremos de gente que nació un siglo antes que ellos.

(Ejemplos de Borges para ilustrar esta tesis: Kierkegaard, León Bloy o Robert Browning son kafkianos aun siendo anteriores en el tiempo a Kafka. Kafka influye en nuestra lectura.)

Borges escribió Las mil y una noches mil años antes de nacer Borges.


El otro día empaquetando libros descubrí una nota mía de hace un millón de años. Creo que es de cuando leía a Harold Bloom y a los deconstructivistas norteamericanos, de cuando Harold Bloom era un deconstructivista norteamericano, por aquello de la angustia de influencias, etc. Dice así:

La evolución de las especies se produce a través de las mutaciones, es decir, a través de individuos enfermos que perpetúan su genética sobre la de los demás.

La evolución del arte se produce a través del error. La originalidad es la copia mal hecha que acaba perpetuándose.

Lo curioso de todo esto es que no estoy muy seguro de pensar eso, ni siquiera estoy seguro de haberlo pensado alguna vez. ¿Por qué lo escribí? Quizá porque tenía ritmo, porque aparentemente tenía un sentido.

Ahora mismo escribo todo esto porque no me da la gana de colgar mi relato.

Y punto.